diumenge, 27 de maig de 2012


Un joven alemán aterrizó con una avioneta en la plaza Roja de Moscú hace 25 años

El aterrizaje permitió a Gorbachov sacarse de encima a la plana mayor del ejército |Dos cazas salieron a su encuentro; uno pidió permiso para derribarlo

Internacional | 27/05/2012 - 00:00h
RAFAEL POCH | BERLÍN
Corresponsal
En la crónica soviética de 1986 y 1987, tres diferentes sucesos, dos accidentes y un incidente, sembraron una común sensación de desbarajuste en la URSS. El 26 de abril de 1986 explotó la central nuclear de Chernóbil. Siete meses después, el 3 de octubre, un submarino, el K-219, armado con 16 misiles nucleares, se incendió y se hundió frente a la costa este de Estados Unidos, a la altura de las islas Bermudas. El 28 de mayo de 1987 Mathias Rust, un joven alemán, aterrizó con su avioneta en la plaza Roja.

Tenía 18 años y cincuenta horas de vuelo, y había alquilado una avioneta Cessna-172 en un aeródromo de Hamburgo, "para dar una vuelta por el mar del Norte". El mismo día llegó a las islas Färöer, luego siguió hasta Islandia, de allí a Bergen, en Noruega. Desde Bergen saltó hasta Helsinki, donde tomó tierra el 27 de mayo. Al día siguiente entró en la URSS, primero hacia Leningrado, hoy Petersburgo, luego hacia Moscú, siguiendo la vía férrea, siempre con la radio desconectada. Por la tarde aterrizó en la plaza Roja. El asunto no era fácil. A las seis y cuarto sobrevoló el lugar un par de veces antes de decidirse por el puente del río Moscova que lleva hasta la plaza Roja, un lugar complicado con el firme de adoquines y en subida, hasta la catedral de San Basilio. Dejó el aparato junto a la puerta Vasilievski del Kremlin, donde solían aparcar los autobuses de turistas. Charló con los curiosos y al cabo de un rato lo detuvieron.

La situación fue insólita, pero no única. Lo de Rust tenía también otros precedentes. En los años sesenta, la URSS había sido un coladero constante de aviones espía norteamericanos y británicos que escudriñaban y fotografiaban su territorio desde vuelos a grandes alturas, una práctica que concluyó con el derribo del U-2 de Gary Powers el 1 de mayo de 1960. Lo de Rust fue más inocente y por eso más picante.

Contra lo que afirma la leyenda, el sistema de defensa antiaérea funcionó. Al poco de entrar en la URSS, tres baterías de misiles pusieron a la avioneta de Rust en su punto de mira. Más tarde dos cazas salieron a su encuentro. Uno pidió permiso para derribarlo, pero se lo denegaron. No sabían qué era aquello que aparecía en el radar, hasta que aterrizó en el lugar más sagrado, junto a la tumba de Lenin, donde no se permitía fumar ni a medio kilómetro. Rust fue condenado en septiembre a cuatro años de trabajos forzados, pero en lugar de picar piedra lo encerraron en Lefortovo, la mejor cárcel moscovita. En agosto de 1988 lo indultaron y a casa.

Aquellos eran unos años de asentamiento del nuevo y joven secretario general del PCUS, Mijaíl Gorbachov. Quería cambiar cosas fundamentales, pero era una etapa de grandes vacilaciones y estupefacción. Los gastos de defensa, se enteró, representaban el 16,4% del PIB. Más o menos. Los gastos imperiales, todo sumado, quizá hasta el 40% del presupuesto nacional. "No se puede vivir así", decía.

Rust cayó como un paracaidista en aquel contexto. El glorioso aterrizaje permitió a Gorbachov sacarse de encima a la plana mayor del ejército, hasta 300 generales, comenzando por el jefe de la defensa aérea, el general Alexander Koldunov, y el propio ministro de defensa, Mariscal Sergei Sokolov, sustituido por un militar gris y bonachón, Dimitri Yazov, que acabó conspirando contra Gorbachov en agosto de 1991. Eran tiempos de cambio: una nueva doctrina militar, más brío a la política de desarme.

El incidente Rust también contribuyó a un replanteamiento más crítico del sistema por parte de los dirigentes que cristalizó a finales de 1987 en un plan de reforma política con énfasis en la democratización y en la libertad de expresión.

Nada de todo eso hubiera tenido la más mínima consecuencia si al frente del régimen no hubiera habido un político, animado por un raro optimismo y voluntarismo que llegó a sacrificar la posición geopolítica de gran potencia de su país en el mundo, y hasta los cimientos de su propio poder personal, en aras de un proyecto moral global. Se trataba de la unificación mundial, de la superación de una civilización caduca basada en la crematística y la guerra. Una guerra cuyo último recurso eran las armas de destrucción masiva que había que abolir. Se trataba de un nuevo pensamiento.

Naturalmente, alguien con aquellas ideas sólo podía fracasar. Sin embargo aquella actitud, tan rara en los políticos, sigue teniendo hoy una demanda aún mucho mayor, lo que obliga a replantearse la categoría de fracasado habitualmente adjudicada a Mijaíl Gorbachov y lo coloca, como decía el académico Dimitri Furman, al lado de grandes hombres de la historia como Gandhi u otros profetas de los grandes principios universales
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